
El error más importante que comete un escultor al hacer su primer parque infantil, es creer que los niños son seres querubínicos que van a jugar en su parque del mismo modo que un angelillo juega en su nube. Error. Error fatal. Los niños son unos cabroncetes. Y las cosas hay que diseñarlas en consecuencia.
Un delincuente puede estar una semana tratando de destripar un columpio. Al final se cansa y desiste.Un niño no tarda ni quince minutos en descubrir la debilidad estructural del columpio. Quince segundos después el columpio está en el suelo. Y si el niño se ha hecho con un mechero, el columpio, aunque sea de hierro, estará ardiendo. No es talento. Es la habilidad natural de cualquier humano en su tierna infancia.
Un parque infantil, en consecuencia, ha de estar diseñado a prueba de tontolaváceo fascineroso, ese ser mutante escondido dentro de cada niño, y que antes o después se manifestará.
No es una película de miedo. Es el día a día de la infancia. Esa tierna edad. Los maestros lo saben, aunque no lo dicen.






